233 años del virtuoso que entró en negocios turbios con el Diablo

Celebramos el cumpleaños número 233 del maravilloso compositor romántico italiano Niccolò Paganini ―ese inigualable virtuoso del violín cuyo sobrenatural talento, su macilento aspecto y la innata «capacidad» de su mano derecha de «extenderse al doble debido a la elasticidad de los ligamentos capsulares de los hombros, de la muñeca y de las falanges», junto con la «extraordinaria flexibilidad de las primeras articulaciones» de su mano izquierda, que «le permitían, sin cambiar de posición la mano, moverse en forma lateral sin tensión anormal, haciéndolo con facilidad, precisión y rapidez», alimentaron en torno suyo la leyenda negra de que había suscrito un oscuro y peligroso pacto con el Diablo para que le fuera dado tocar de tan inconcebible manera― compartiendo con ustedes su célebre pero no por eso menos sublime concierto para violín y orquesta No. 2 en si menor, Op. 7, intitulado «La campanella», así como un breve fragmento de la genial descripción que de este inmortal titán de Génova hiciera el igualmente gigante y sublime poeta alemán, contemporáneo suyo, Heinrich Heine, en su inefable novela corta titulada Noches florentinas. ¡Ojalá que los disfruten! ¡Felicidades, gran maestro!

 

 

Noches florentinas (fragmento)

 

Finalmente apareció en escena una figura oscura, que parecía haber salido del infierno; era Paganini con su traje negro de etiqueta, frac negro y chaleco negro, de hechura horrible, como quizás lo prescribía la etiqueta infernal en la corte de Proserpina, unos pantalones negros que caían temerosos por las piernas flacas. Los largos brazos parecían alargarse más aún cuando, con el violín en una mano y en la otra el arco ―con el que tocaba casi la tierra― hacía el artista al público sus inverosímiles reverencias. En los esquinados contornos de su cuerpo había una rigidez terrible, y al propio tiempo algo cómicamente animal, que inducía a reírse; pero su cara, más cadavérica aún por la chillona iluminación de las candilejas, tenía una expresión suplicante, tan estúpidamente humilde, que una compasión tremenda sofocaba nuestro deseo de reír. Esa mirada suplicante, ¿es la de un enfermo moribundo o acaso la mueca burlona de un avaro astuto? ¿Es un hombre vivo a punto de fenecer y que va a divertir al público con sus convulsiones, como un luchador moribundo, o un muerto que ha salido de la tumba, vampiro del violín, que, si no la sangre del corazón, extrae de nuestros bolsillos el dinero almacenado?

Heinrich Heine