330 años del virtuoso que reprodujo en sol menor las etéreas huellas de su gato

En el tricentésimo trigésimo aniversario de su natalicio, recordamos al inmortal genio barroco italiano Domenico Scarlatti, ese mago que derrotara en un irrepetible «mano a mano» en el clavecín nada menos que a su igualmente inmortal colega alemán Georg Friedrich Händel, compartiendo con ustedes dos célebres y prodigiosas sonatas suyas para dicho instrumento, la primera de ellas intitulada «La fuga del gato» ―escrita en sol menor y catalogada con las claves K.30 y L. 499―   porque cuenta la leyenda que el portentoso compositor napolitano la compuso a partir de las notas que su felino, de nombre Pulcinella, hizo vibrar al pasar pisando, insensible, el diligente y abnegado teclado de su amo.

Asimismo, les compartimos ese monumental pasaje de la sublime novela Concierto barroco, del genio cubano Alejo Carpentier, donde el también músico y musicólogo recrea y fabula, con su incomparable arte, en torno a ese jam session dieciochesco que, en la vida reallos dos colosos ―el italiano y el alemán― sostuvieron en en el palacio del cardenal Ottoboni en Roma. Esperamos que los disfruten. ¡Feliz cumpleaños, maestrissimo!

 

 

Concierto barroco (fragmento)

 

Prendido el frenético allegro de las setenta mujeres que se sabían sus partes de memoria de tanto haberlas ensayado, Antonio Vivaldi arremetió en la sinfonía con fabuloso ímpetu, en juego concertante, mientras Doménico Scarlatti ―pues era él― se largó a hacer vertiginosas escalas en el clavicémbalo, en tanto que Jorge Federico Haendel se entregaba a deslumbrantes variaciones que atropellaban todas las normas del bajo continuo. ―«¡Dale, sajón del carajo!» ―gritaba Antonio. ―«¡Ahora vas a ver, fraile putañero!» ―respondía el otro, entregado a su prodigiosa inventiva, en tanto que Antonio, sin dejar de mirar las manos de Doménico, que se le dispersaban en arpegios y floreos, descolgaba arcadas de lo alto, como sacándolas del aire con brío gitano, mordiendo las cuerdas, retozando en octavas y dobles notas, con el infernal virtuosismo que le conocían sus discípulas. Y parecía que el movimiento hubiese llegado a su colmo, cuando Jorge Federico, soltando de pronto los grandes registros del órgano, sacó los juegos de fondo, las mutaciones, el plenum, con tal acometida en los tubos de clarines, trompetas y bombardas que allí empezaron a sonar las llamadas del Juicio Final. ―«¡El sajón nos está jodiendo a todos!» ―gritó Antonio, exasperando el fortissimo. ―«A mí ni se me oye»― gritó Doménico, arreciando en acordes. Pero, entre tanto, Filomeno había corrido a las cocinas, trayendo una batería de calderos de cobre, de todos tamaños, a los que empezó a golpear con cucharas, espumaderas, batidoras, rollos de amasar, tizones, palos de plumeros, con tales ocurrencias de ritmos, de síncopas, de acentos encontrados, que por espacio treinta y dos compases lo dejaron solo para que improvisara. ―«Magnífico, magnífico» ―gritaba Jorge Federico. ―«Magnífico, magnífico» ―gritaba Doménico, dando entusiasmados codazos al teclado del clavicémbalo. Compás 28. Compás 29. Compás 30. Compás 30. Compás 31. Compás 32. ―«¡Ahora!» ―aulló Antonio Vivaldi, y todo el mundo arrancó sobre el da capo, con tremebundo impulso, sacando el alma a los violines, oboes, trombones, regales, organillos de palo, violas de gamba, y a cuanto pudiese resonar en la nave, cuyas cristalerías vibraban, en lo alto, como estremecidas por un escándalo del cielo.

Alejo Carpentier