Lessing: segundo cumpleaños póstumo

Celebramos el cumpleaños número noventa y seis de la excepcional novelista británica Doris Lessing, premio nobel de literatura en 2007, compartiendo con ustedes un breve fragmento de su prodigiosa obra intitulada El cuaderno dorado. Estamos convencidos de que lo van a disfrutar. ¡Felicidades, genio!

DLpostal

 

El cuaderno dorado (fragmento)

«Cuando una persona enloquece, ¿qué significa? ¿En qué momento se da cuenta uno de que está enloqueciendo, cuando se halla al borde de caer hecho pedazos? Si yo enloqueciera, ¿qué forma adoptaría?». Cerró los ojos, sintiendo el resplandor de la luz en los párpados, el estrujamiento de los cuerpos, que olían a sudor y suciedad, y fue consciente de sí misma, de una Anna reducida al apretado nudo de determinación que le oprimía el estómago. «Anna, Anna, yo soy Anna ―repitió para sí varias veces―. Pero, de todos modos, no puedo enfermar, ni dejarme ir, porque está Janet. Si yo desapareciera del mundo mañana, a nadie le importaría, salvo a Janet. ¿Qué soy, pues? Alguien necesario a Janet. ¡Pero esto es terrible! ―concluyó aumentándole el miedo―. Es malo para Janet. Volvamos a probar: ¿quién soy yo?…». Ya no pensó en Janet; la suprimió. Y vio su cuarto, largo, blanco, a media luz, con los cuadernos de colores sobre la mesa de caballete. Se vio a sí misma, Anna, sentada en el taburete de música, escribiendo afanosamente, redactando un párrafo en un cuaderno y tachándolo luego con una línea o una cruz. También vio las páginas recubiertas de diversos tipos de letra: frases entre paréntesis, fragmentadas, rotas, y sintió mareo y náusea. A continuación vio a Tommy, ya no a ella, de pie, con los labios fruncidos en un gesto que revelaba concentración, pasando las páginas de sus ordenados cuadernos.

Abrió los ojos, mareada y temerosa, y vio el balanceo del reluciente techo. La rodeaban una mezcla de anuncios publicitarios y de caras inexpresivas, con la vista fija por el esfuerzo de mantener el equilibrio en el tren. Una de aquellas caras, con la carne gris, amarillenta y de poros grandes, y la boca de aspecto arrugado y húmedo, estaba a seis centímetros y tenía los ojos clavados en ella. La cara sonrió, mitad temerosa, mitad invitadora, y Anna pensó: «Mientras yo estaba con los ojos cerrados, él me miraba y se imaginaba que me tenía debajo». Se encontró mal. Desvió sus ojos de aquel rostro, pero sentía el irregular aliento del hombre en su mejilla. Quedaban todavía dos estaciones. Anna empezó a escurrirse, centímetro a centímetro, sintiendo cómo en el traqueteo del tren el hombre se apretujaba tras ella, lívido de excitación. Era feo. «¡Dios mío, qué feos son! ¡Qué feos somos todos!», pensó Anna, mientras su carne, amenazada por la proximidad del otro, se retorcía de repugnancia. En la estación se deslizó afuera, chocando con los que entraban. Pero el hombre bajó también, se apretujó detrás de ella en la escalera automática y la siguió junto a la barrera del que recogía los billetes. Anna entregó su billete y avanzó apresuradamente, volviéndose para fruncirle el ceño mientras él le decía, detrás mismo:

—¿Damos un paseo? ¿Un paseo?

Mostraba una sonrisa de triunfo, seguro de que en su imaginación la había humillado, triunfando sobre ella en el tren, mientras permanecía con los ojos cerrados.

—Váyase —le conminó, y avanzó en dirección a la calle.

El hombre continuaba siguiéndola. Anna sentía miedo, y estaba asombrada de sí misma, asustada al comprobar que tenía miedo. «¿Qué me ha pasado? —se preguntó—. Esto ocurre cada día, es el vivir en una ciudad, no me afecta…». Pero el hecho es que sí le afectaba, como la había afectado la necesidad agresiva de Richard de humillarla, media hora antes, en el despacho. La conciencia de que el hombre aún la seguía, con aquella sonrisa desagradable, le hizo desear echarse a correr, espantada. «Si pudiera ver o tocar algo que no fuera feo…». Enfrente mismo de ella había un carro de fruta que ofrecía, en ordenadas pilas, ciruelas, melocotones, albaricoques. Anna compró fruta y aspiró su olor ácido y limpio, palpando las pieles suaves o velludas. Aquello le hizo sentirse mejor. El pánico había desaparecido. El hombre que la había seguido continuaba cerca, aguardando con la sonrisa; pero se sentía ya inmunizada contra él. Le cruzó por delante, impasible.

Llegaba tarde, pero no le preocupaba, pues Ivor estaría en casa. Durante el tiempo que Tommy permaneció en el hospital y Anna estuvo tan a menudo con Molly, Ivor había entrado en sus vidas. Aquel joven casi desconocido, que vivía en el cuarto de arriba, que decía buenas noches y buenos días, que entraba y salía discretamente, se había convertido en amigo de Janet. La había llevado al cine cuando Anna estaba en el hospital, le ayudaba a hacer los deberes, y le repetía a Anna que no se preocupara, que le encantaba cuidar de Janet. Y era verdad. Sin embargo, esta nueva situación hacía que Anna se sintiese incómoda. No por ella o por Janet, pues con la niña demostraba una inteligencia de lo más simple, de lo más encantador.

De pronto, se puso a pensar, subiendo las feas escaleras que conducían a la puerta del piso: «Janet necesita un hombre en su vida, echa de menos a un padre. Ivor es muy afectuoso con ella, pero como él no es un hombre… ¿Qué quiero decir con eso de que no es un hombre? Richard es un hombre, Michael es un hombre, ¿por qué no lo es Ivor? Sé que con un hombre de verdad se produciría toda un área de tensiones, de malentendidos, que con Ivor no pueden producirse. Habría toda una dimensión que ahora no existe. Y, sin embargo, él es encantador con la niña… ¿Qué quiero decir, pues, con eso de un hombre de verdad? Porque Janet adora a Ivor. Y adoraba, o así lo dice, a su amigo Ronnie…».

Hacía unas semanas que Ivor le había preguntado si podía compartir la habitación con un amigo que iba corto de dinero y estaba sin trabajo. Anna siguió los trámites convencionales de ofrecerse a instalar otra cama en el cuarto, etc. Ambas partes habían interpretado su papel, pero Ronnie, actor en paro, se había trasladado al cuarto de Ivor y a su cama, y como a Anna le daba igual, no había dicho nada. Al parecer, Ronnie tenía la intención de quedarse, si a ella no le importaba. Anna sabía que Ronnie era el precio que se esperaba debía pagar por la reciente amistad de Ivor con Janet.

Ronnie era un joven moreno y lleno de gracia, con el pelo cuidadosamente ondulado y brillante, y con una sonrisa blanca que emitía destellos. A Anna le cayó mal, pero al darse cuenta de que no le disgustaba tanto la persona como el tipo, controló sus sentimientos. También era amable con Janet, pero no le salía de dentro (como a Ivor), sino que era un afecto calculado. Seguramente su relación con Ivor también se debía a un cálculo, aunque esto no les atañía ni a ella ni a Janet. Sin embargo, Anna se sentía incómoda. «Supongamos que yo viviera con un hombre…, con un hombre de verdad —pensó—. O bien que estuviera casada. Seguro que entonces se produciría una tensión con Janet. Ella experimentaría resentimiento hacia él, se vería forzada a aceptarle, tendría que adaptarse. Y el resentimiento se debería precisamente al sexo, a que se trataría de un hombre. O incluso si en la casa hubiera un hombre con el que yo durmiese o con el que no quisiera dormir, aun entonces el hecho de que él fuera un hombre de verdad provocaría tensiones, establecería un equilibrio. ¿Por qué, pues, siento que en realidad debiera tener a un hombre auténtico, por el bien de Janet y ya no digamos por el mío, en lugar de Ivor, un joven tan amable, encantador y sensible? ¿Acaso pienso —o así lo acepto (¿lo aceptamos todos?)— que los niños necesitan tensiones para crecer? Pero ¿por qué? Y, no obstante, es obvio que lo siento así, porque de lo contrario no me incomodaría ver a Ivor con Janet, ya que él es como un perrazo cariñoso, como una especie de hermano mayor inofensivo… ¿Por qué uso la palabra inofensivo? Desprecio. Siento desprecio. Es despreciable por mi parte que lo sienta. Un hombre auténtico… ¿Como Richard? ¿Como Michael? Ambos son muy estúpidos con sus hijos, lo cual no me impide creer que, sin duda alguna, su condición, el hecho de que les gusten las mujeres en lugar de los hombres, sería mejor para Janet».

Anna llegó a la pulcritud de su piso por las escaleras oscuras y polvorientas y oyó la voz de Ivor arriba, leyéndole algo a Janet. Pasó ante la puerta de su cuarto grande, subió por la escalera blanca y encontró a Janet sentada con las piernas cruzadas sobre la cama, un diablillo de niña con el pelo negro, y a Ivor, moreno, peludo y afectuoso, sentado en el suelo, con una mano en el aire y recitando una historia sobre un colegio de niñas. Janet hizo un gesto con la cabeza a su madre, avisándola para que no interrumpiera. Ivor, usando la mano levantada como si fuera un palo, hizo un guiño y alzó la voz al leer:

—«Y, así, Betty se inscribió como candidata para la selección del equipo de hockey. ¿La seleccionarían? ¿Tendría suerte?». —Hizo una pausa para decirle a Anna, con su voz normal—: Te llamaremos cuando hayamos terminado. —Luego prosiguió—: «Todo dependía de la señorita Jackson. Betty se preguntaba si había sido sincera al desearle buena suerte el miércoles, después del partido. ¿Lo había dicho sinceramente?».

Anna se quedó detrás de la puerta para escuchar, y descubrió que en la voz de Ivor había otro componente, un matiz nuevo: burla. La burla iba dirigida contra el mundo del colegio de niñas, contra el mundo femenino, no contra lo absurdo de la historia; y había empezado en el instante en que Ivor se dio cuenta de la presencia de Anna. Sí, pero no había nada insólito en ello; ya estaba acostumbrada. Porque la burla, la defensa del homosexual, no era otra cosa que el exceso de galantería de un hombre de verdad, del hombre normal que trata de sentar unos límites en la relación con una mujer, conscientemente o no, aunque por lo general sea inconsciente. Era el mismo sentimiento, frío y evasivo, llevado un paso más allá; había una diferencia de grado, pero no intrínseca. Anna miró a Janet asomándose por la puerta, y vio en la cara de la niña una sonrisa indicadora de que estaba encantada, aunque también algo incómoda. Sentía que la burla iba dirigida a ella, una hembra. Anna dirigió el pensamiento mudo y compasivo a su hija: «Bueno, pobrecita, más vale que te acostumbres pronto, porque vas a tener que vivir en un mundo lleno de esto». Y entonces, cuando Anna estuvo totalmente fuera de escena, la voz de Ivor perdió el elemento de parodia y volvió a ser normal.

La puerta de la habitación que compartían Ivor y Ronnie estaba abierta. Ronnie cantaba, también en tono de parodia. Era una canción que se cantaba por todas partes en un tono de deseo anhelante y como un aullido: «Dame esta noche lo que quiero, nena. No me gusta que tú y yo peleemos, nena. Bésame, apriétame…», etc. Ronnie también se burlaba del amor normal, y a un nivel de mofa vulgar y arrabalera. Anna pensó: « ¿Por qué supongo que todo esto no va a afectar a Janet? ¿Por qué doy por supuesto que no se puede corromper a los niños? Lo que pasa es que estoy segura de que mi influencia, la influencia de una mujer sana, es lo suficientemente fuerte como para contrarrestar la de ellos. Pero ¿por qué razón habría de serlo?». Se volvió para bajar la escalera. La voz de Ronnie calló, y su cabeza apareció por la puerta. Era una cabeza peinada con cariño: la cabeza de una muchacha con aire de chico. Él sonrió, sarcástico, como diciendo lo más claramente posible que, en su opinión, Anna le había estado espiando. Una de las cosas turbadoras de Ronnie era que siempre suponía que la gente decía o hacía cosas referidas a él; de modo que constantemente se tenía conciencia de su persona. Anna le saludó con un gesto de la cabeza, mientras pensaba: «En mi propia casa no me puedo mover libremente por culpa de estos dos. Estoy todo el tiempo a la defensiva, en mi propio piso…». Entonces Ronnie decidió ocultar su malicia y salió, parándose con negligencia y dejando caer todo el peso de su cuerpo sobre una cadera.

—Vaya, Anna, no sabía que también tú participaras de la alegría de la hora de los niños.

—Me he asomado a echar un vistazo —repuso Anna sin más.

Se había convertido en la encarnación del encanto seductor.

—Es una niña tan encantadora, tu Janet…

Indudablemente, Ronnie había recordado que estaba viviendo allí gratis, y que dependía del buen humor de Anna. En aquellos momentos era la figura perfecta de… «Pues sí —pensó Anna—, la perfecta imagen de la muchacha bien educada, de una corrección casi pegajosa. —Y añadió, dirigiéndose a él en silencio—: Muy jeune filie». Le dedicó una breve sonrisa, con la que trataba de comunicarle: A mí no me engañas, y más vale que te des cuenta de ello, y bajó las escaleras. Sin embargo, una vez que estuvo abajo miró arriba y pudo ver que él seguía allí, sin mirarla a ella, con los ojos clavados en la pared. Su cara, bonita y cuidada, tenía una expresión preocupada. De miedo. «¡Jesús! —pensó Anna—. Ya veo lo que va a suceder: quiero que se largue, pero si no me vigilo, no seré capaz de echarle, porque le tendré lástima».

Entró en la cocina y llenó un vaso de agua, lentamente, dejando correr el líquido para verlo salpicar y brillar, para oír su rumor refrescante. Usaba el agua como antes había usado la fruta: para calmarse, para darse confianza ante la posibilidad de lo normal. Sin embargo, todo el rato pensaba: «He perdido el equilibrio completamente. Siento como si el aire de este piso estuviese envenenado, como si el espíritu de lo perverso y feo estuviera por todas partes. No obstante, es una tontería. Lo cierto es que todo lo que pienso actualmente está equivocado. Siento que lo está… y, sin embargo, me protejo con este tipo de reflexiones. ¿De qué me protejo?». Volvió a sentirse mal, y tuvo miedo, como le había ocurrido en el metro. Pensó: «Tengo que pararlo, no me queda otro remedio que pararlo». Pero era incapaz de decir qué debía parar. Decidió ir a la habitación de al lado, sentarse y… No terminó la reflexión, porque la mente se le ocupó con la imagen de un pozo seco que se llenaba lentamente de agua. «Sí, esto es lo que me pasa: estoy seca, vacía. Debo tocar una fuente en alguna parte; de lo contrario…». Abrió la puerta del cuarto grande y allí, negra, a contraluz frente a la ventana, había una gran forma femenina que tenía algo amenazador. Anna preguntó, secamente:

—¿Quién es?

Inmediatamente accionó el interruptor de la luz, de modo que la figura cobró forma y personalidad al iluminarse.

—¡Dios mío, Marion!, ¿eres tú?

 

Doris Lessing